La rebelión de Eugene Victor Debs

Una huelga de los empleados de los coches cama Pullman en 1894 se extendió por todo el sistema ferroviario norteamericano hasta convertirse en la rebelión obrera más importante de la historia de Estados Unidos.

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George M. Pullmann era el rey de los coches cama en Estados Unidos en las últimas décadas del siglo XIX. De hecho, era su invento. Su empresa no era sólo un agente económico, era una suerte de circuito cerrado de vida y muerte para sus trabajadores. Pullman había construido para sus empleados un pueblo modelo en Illinois del que todo lo feo, discordante y desmoralizante había sido desterrado. Naturalmente, en Pullman, que así se llamaba el pueblo, sólo vivían los trabajadores de Pullman que no tenían más que ventajas. Alquilaban sus casas Pullman, hacían la compra en economatos Pullman, educaban a sus hijos en las escuelas Pullman, paseaban por el parque Pullman, iban a misa a la iglesia Pullman, se entretenían en el teatro Pullman y contibuían con sus heces a abonar las fértiles tierras del Rancho Pullman. Nada que no fuera Pullman tenía lugar en Pullman, Illinois. Las bebidas alcohólicas no eran Pullman, así que en Pullman imperaba la ley seca; los sindicatos no eran Pullman y el señor Pullman, que se develaba porque sus trabajadores no se echaran a perder en esa terrible degradación perezosa que suponía la jornada de ocho horas, no permitía que se establecieran en Pullman.

En la primavera de 1894, Pullman no ofrecía a su altruista propietario los dividendos esperados, así que el generoso George Pullman bajó los salarios entre un 30 y un 40 porciento y terció la plantilla. Como prueba de sus buenas intenciones, el magnate de los coches cama sólo despidió a los excedentes, que podía haberlos matado, y, a los que se quedaron, les mantuvo el precio de alquileres, suministros y entretenimientos. «Podría haberlo subido –declaró– pero soy como un padre para mis trabajadores».

Como el señor Pullman estaba distraído contando los beneficios, el sindicato americano del ferrocarril, el ARU, entró clandestinamente en Pullman y así, a lo tonto, empezó con una pequeña huelga en el servicio de coches camas. George Pullman tomó el movimiento huelguístico como una traición a su paternal figura y, en vez de negociar, prohibió a los economatos que despacharan alimentos a crédito. Si sus obreros no querían trabajar, era lógico que no comieran.

El sindicato ferroviario americano, el ARU, que había fundado Eugene Victor Debs, apoyó la huelga de Pullman y retiró los vagones Pullman de los ferrocarriles americanos. Una serie de carambolas paralizó el tráfico ferroviario entre Chicago y San Francisco y un montón de empresas se declararon en huelga en solidaridad con los trabajadores de Pullman. Los sindicatos mayoritarios miraron para otro lado y los empresarios miraron a los cuarteles y a la prensa. Los periodistas se pusieron al servicio de la patronal y llenaron cientos de páginas pidiendo la intervención del ejército. Se les ocurrió que había que proteger el correo y consiguieron que el presidente Cleveland mandara al ejército para acabar con la huelga.

La huelga, una de las mayores de la historia de EEUU, terminó en fracaso. George Pullman impuso sus condiciones leoninas y Eugene Victor Debs, el presidente del ARU, dio con sus huesos en la cárcel de Wodstock. Cuando salió se presentó cuatro veces a la presidencia de Estados Unidos. No fue elegido. George Mortimer Pullman murió en 1897 y fue enterrado en el Cementerio Pullman. Le dieron un buen sitio. No sólo era el más rico, sino que había contribuido como nadie a llenarlo.

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