Luis Antares, el enano suplantador

A principios del siglo XVII, el enano Luis Antares, apodado Todocoraje, recorría España suplantando la personalidad de otros enanos célebres por sus aptitudes circenses. La muerte le sobrevino en Madrid cuando suplantaba Antonino Polonesio.

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Al enano Luis Antares le privó de la fama su falta de iniciativa. Sólo le faltaba eso, porque le sobraban virtudes atléticas, voluntad de trabajo y sacrificio, y disciplina y seriedad hasta a la hora de reírse. Pero, por más que se esforzaba, por más que apretaba los labios y las mandíbulas, por más que entornaba los ojos, las musas no acudían en su auxilio. Calíope le hizo tartamudo, Clío le prestó una máquina de escribir, Erato le dio calabazas, Euterpe selló sus oídos, Terpsicore se armó con muletas, Talia se clavó un cuchillo, Melpómene rompió a reír, Urania calculó mal y Polimnia se hizo atea. ¡Así no había manera de hacerse artista original!

¿Era el enano con perro que pintó Velázquez Don Antonio «el inglés» o era Todo Coraje suplantándole?

Todo cambiaba cuando Todo Coraje, que así llamaba la gente del vulgo al enano Luis Antares, encontraba un modelo a copiar, en vez de pelearse a lo bobo con la hoja en blanco. Cuando Todo Coraje encontraba un enano que suplantar se transformaba en el liliputiense más grande del mundo. Era como si pudiera ser, al tiempo, nadie y todos los enanos del mundo.

Sus tiempos, los primeros años del siglo XVII, jugaban a favor de su estrategia. Ni siquiera los enanos de la Corte de los Austria, ni aun los retratados por Velázquez (aún no se habían puesto de moda los museos), tenían una imagen reconocible por el pueblo. Sus hazañas se celebraban, sus nombres eran populares, pero cualquier enano que se hiciera pasar por ellos, con sólo ser pequeño, daría el pego. Eso pensó Luis Antares, que ambicionaba ser el enano más grande del mundo, aunque fuera en representación. Se atrevía con todo que un enano célebre hubiera hecho, ¿de qué, si no, le iban a llamar Todo Coraje? Pero nunca, ni aún suplantado consiguió imaginar su propio espectáculo.

Luis Antares suplantando a don Sebastián de Morra, antes conocido como el bufón El Primo

Dicen que la última vez que se le vió fue en Madrid. Se hacía pasar por Antonio Polonesio, un enano que se enterraba en el centro de la plaza de toros mientras se lidiaban los seis toros. Luego se desenterraba y contaba la corrida con una gracia y un conocimiento digno del añorado Joaquín Vidal. Aquel día, Polonesio no sobrevivió a la corrida, y algunos dijeron que ese Antonio Poloneso tenía un no se qué que recordaba a Todo Coraje.

Todo Coraje haciéndose pasar por Francisco Lezcano, el Niño de Vallecas

La Margaritona, la novia de Luis Antares, lloró desconsolada su ausencia. Hasta que un día pensó que, tal vez, Todo Coraje había suplantado al enano Joao Mascarenhas Sarrion, célebre por ingerir agua por litros y expulsarlos por la boca acompañados de más productos de los que se venden en un bazar chino. Por si así fuera, la Margaritona aceptó al suplantador en sus brazos, en su lecho y en su corazón. Nunca un enano más menudo consiguió ocupar un espacio más grande.

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